
Cuando finalmente nos marchamos de aquella casa, quedaban varias marcas rectangulares en la pared, allí donde habían estado, durante más de treinta años, mis pósters de adolescencia. Uno de ellos era este, aunque pronto fue acompañado por otro más reciente, e incluso apareció uno nuevo de un conocido guerrillero a su lado. Pero se mantuvo porque servía para recordar de dónde venía la alegría; me gustaba identificar en la modestia de aquella plantilla del ascenso las figuras que años después, y de forma completamente inesperada, lograron ganar títulos y plantar cara a clubes históricos del continente. Yugoslavos que vieron su país deshacerse en aquellos mismos años, gallegos de Ribeira salidos de campos de barro, vascos de nombres imposibles. Mucho antes de los brasileños y de los internacionales, abriendo la puerta a una época inolvidable para el fútbol gallego. Un equipo de abajo capaz de hacer temblar a los de arriba. La metáfora perfecta para un chico de extrarradio.
Mi pasión vivió altibajos durante los años siguientes. Confieso que asistí con pasión a la noche del penalti fallado y a la tarde del primer título para el fútbol gallego. También que la primera liga me pilló indiferente, por más que brindase (desde la cafetería de una biblioteca en época de exámenes) al día siguiente, ese en el que muchos de mis compañeros apenas se recuperaban de una resaca legendaria. Volví en los años malos, porque aquí estamos para sufrir y porque estar con los que ganan es muy fácil y diría que incluso un poco de mediocres. También porque sirve para recordar aquello que aprendimos contra el Aston Villa: que todo desprecio a la cultura popular no es más que un desprecio a la cultura de las clases populares.
No niego las contradicciones: este fue el primer equipo que levantó la bandera contemporánea de Galicia en su escudo. Aquel en el que jugó Bebel García, que aparecía en los sueños de Eduardo Galeano y aún aparece a veces en los nuestros. El que hacía al guerrillero Foucellas jugarse la vida para poder cantar sus goles vestido de monja desde la grada. El mismo en el que Paul Heaton intuyó, como un vidente de las periferias atlánticas, una historia llena de barro y de gloria redentora. Que el nombre propio y popular de A Coruña siguiera ausente del escudo y del nombre era un anacronismo, una injusticia persistente contra sus aficionados.

Cuando finalmente nos marchamos de aquella casa, quedaban varias marcas rectangulares en la pared, allí donde habían estado, durante más de treinta años, mis pósters de adolescencia. Uno de ellos era este, aunque pronto fue acompañado por otro más reciente, e incluso apareció uno nuevo de un conocido guerrillero a su lado. Pero se mantuvo porque servía para recordar de dónde venía la alegría; me gustaba identificar en la modestia de aquella plantilla del ascenso las figuras que años después, y de forma completamente inesperada, lograron ganar títulos y plantar cara a clubes históricos del continente. Yugoslavos que vieron su país deshacerse en aquellos mismos años, gallegos de Ribeira salidos de campos de barro, vascos de nombres imposibles. Mucho antes de los brasileños y de los internacionales, abriendo la puerta a una época inolvidable para el fútbol gallego. Un equipo de abajo capaz de hacer temblar a los de arriba. La metáfora perfecta para un chico de extrarradio.
Mi pasión vivió altibajos durante los años siguientes. Confieso que asistí con pasión a la noche del penalti fallado y a la tarde del primer título para el fútbol gallego. También que la primera liga me pilló indiferente, por más que brindase (desde la cafetería de una biblioteca en época de exámenes) al día siguiente, ese en el que muchos de mis compañeros apenas se recuperaban de una resaca legendaria. Volví en los años malos, porque aquí estamos para sufrir y porque estar con los que ganan es muy fácil y diría que incluso un poco mediocre. También porque sirve para recordar aquello que aprendimos contra el Aston Villa: que todo desprecio a la cultura popular no es más que un desprecio a la cultura de las clases populares.
No niego las contradicciones: este fue el primer equipo que levantó la bandera contemporánea de Galicia en su escudo. Aquel en el que jugó Bebel García, que aparecía en los sueños de Eduardo Galeano y aún aparece a veces en los nuestros. El que hacía al guerrillero Foucellas jugarse la vida para poder cantar sus goles vestido de monja desde la grada. El mismo en el que Paul Heaton intuyó, como un vidente de las periferias atlánticas, una historia llena de barro y de gloria redentora. Que el nombre propio y popular de A Coruña siguiera ausente del escudo y del nombre era un anacronismo, una injusticia persistente contra sus aficionados.
Un día contaremos estas grietas desde la mirada de Marco o de Menino Morreu, de los jugadores LGBTQ, del fútbol femenino, del antirracismo y de los equipos de base, del odio eterno al fútbol moderno. Pero estos días el adolescente que fui sale a celebrar esta victoria como si fuese un nuevo título. Quizá porque llega de las manos de otros adolescentes que hoy lo son, de la chavalería de #aquitaménsefala, a la que siempre agradeceremos dejarnos pisar unos segundos ese pedazo de hierba en el que jugaron tan bonito.

Un día contaremos estas grietas desde la mirada de Marco o de Menino Morreu, de los jugadores LGBTQ, del fútbol femenino, del antirracismo y de los equipos de base, del odio eterno al fútbol moderno. Pero estos días el adolescente que fui sale a celebrar esta victoria como si fuese un nuevo título. Quizá porque llega de las manos de otros adolescentes que hoy lo son, de la chavalería de #aquitamensefala, a la que siempre agradeceremos dejarnos pisar unos segundos ese pedazo de hierba en el que jugaron tan bonito.







Como una herida que examinamos una y otra vez y que por eso mismo no acaba nunca de cerrar. La memoria del nazismo sigue dando vueltas por Europa arrastrando a su vida intelectual por las más diversas callejas, muchas de ellas sin salida. Lo cierto es que hay una fijación a la hora de explicar el mal que sobrevino entre los años treinta y cuarenta del pasado siglo y que solo pode entenderse en clave de superioridad moral. Lo que horroriza en los círculos intelectuales de nuestros días es que fueran europeos de una de las sociedades más desarrolladas de la época matando sistemáticamente a sus propios ciudadanos. Estas condiciones nunca se volvieron a repetir íntegramente, y parecería que el mundo ve aún como hechos mucho menos graves los genocidios organizados que sucedieron en Asia o África. Y con una complicidad espantosa que sus propios gobiernos participaran en los últimos años bombardeando lugares distantes como Libia o Irak. Para la memoria del nazismo se crearon explicaciones que a día de hoy aún se esgrimen en el debate intelectual: entre las más divertidas, aquellas que responsabilizan elementos como la propia cultura o el desarrollo técnico, aunque no se queda atrás el recurso a la banalidad del mal, que de alguna forma implica que cualquier funcionario gris puede transmutarse de la noche a la mañana en un genocida, pasando por alto el proceso político y social que produce esa misma oportunidad.




