17/03/2016 by marioregueira

Beti izango dugu Bilbao

bilbo

Hay ciudades que conoces antes de poner el pie en ellas. Lo pienso ahora desde Bilbao, en mi tercera visita a la ciudad. Todas en los últimos años, todas con esa sensación extraña de estar pisando territorio conocido, como si mis sueños de la última década sucedieran al lado del Nervión o como si una vida pasada palpitase aún en mi memoria. No, no hay nada místico en la sorpresa con la que redescubro estas calles, estos locales, los amigos que aparecen como si llevaran toda una vida esperando por mí.

Desde finales del siglo pasado la cultura vasca se infiltró en una parte de la juventud gallega. Comenzábamos en el instituto cantando “Mierda de ciudad” y haciendo circular viejas cintas del rock radikal. Aunque ninguna de esas trayectorias nos dejaría tan asombrados cómo la de Fermin Muguruza. Aún recuerdo la sensación de poner por primera vez la cumbre de Negu Gorriak. Los dos dobermans negros que abrían el disco Borreroak Baditu Milaka Aurpegi y que nos dejaron una sonrisa congelada y la sensación de que el suelo acababa de temblar bajo nuestros pies. Admiré siempre la trayectoria de Fermin Muguruza por la misma razón por la que admiré a los Clash, porque la clase obrera afloraba más allá de la retórica. No se pasa de los primeros discos de Kortatu a un proyecto como el de Negu Gorriak o al Muguruza en solitario con genialidad ni con medios. Hay evoluciones que sólo se explican metiendo en la ecuación trabajo y consciencia, dos valores que en la frontera de Caranza en Ferrol o en la de San Francisco en Bilbao aun significan algo para la juventud que las atravesó entre los ochenta y los noventa.

sf

La gran eclosión de la carrera de Muguruza en solitario me cogió, sin embargo, en Compostela. Una época en la que el Avante pinchaba cada noche el Big Beñat haciendo temblar el suelo de madera del piso de arriba y en la que nos acostumbramos a encontrar la voz de Muguruza en una de cada dos canciones, entre los directos de Banda Bassotti, el Tijuana No! de una improbable Julieta Venegas o siendo la única voz que gritó Galiza Ceive, Poder Popular en toda la historia de la música gallega, justo en medio del acordeón de los Diplomáticos. Y entre todo aquello, como un impasse necesario, el In-Komunikazioa, algo distinto, también uno de los mejores discos de aquellos años y la posibilidad inesperada de poder poner algo de Muguruza en una tarde entre amigos o como fondo a las noches frías de Compostela. Letras que aprendes de memoria sin saber si las estás pronunciando bien. Canciones que acaban entrando en tu vida inesperadamente. Te levantas al lado de alguien y reparas en el azar que el radio-cd del suelo dio en tocar. Beti izango dugu Bilbao. Y sonreís tristemente. Ninguno de los dos estuvo nunca en Bilbao y sin embargo es la mejor canción para una despedida definitiva. Siempre nos quedará Bilbao, dices mientras os brillan los ojos y arriesgáis un último abrazo. Siempre nos quedarán las ciudades nunca vistas, las canciones que Sam o Muguruza pueden tocar de nuevo una y otra vez para recordarnos que nunca subimos la aquel avión.

No debió de ser casualidad que hablara de los bereberes y de Casablanca en Tanxerina, que el reggae de los blancos europeos sea uno de los temas de L’affiche rouge y que una de las protagonistas diga aquello de que el verdugo es el hombre de las mil caras. Hace unos meses me sorprendía el título del último disco de Fermin: Nola. La vieja Nueva Orleans por la que pasearon mis personajes hace años. La geografía en la que nos movemos es la misma, y sólo la casualidad hizo que no coincidiéramos en algún bar de Perdido Street. Por eso puedo pasar al lado del Antzokia recordando las canciones de conciertos en los que nunca he estado. Atravesar la Zubizuri consciente del paso que marcó entre dos orillas y dos épocas de la ciudad. Saludar con una sonrisa a las imágenes del Che Guevara y Abd el-Krim que esperan en las paredes del Bere-bar de San Francisco, no muy lejos de la Anti, la libraría en la que presenté uno de mis libros hace un par de años. Y recordar que siempre nos quedará Bilbao. Esa ciudad que evocamos una vez, hace mucho tiempo, en una habitación en Compostela y que, sin verla nunca, formaba parte de nosotros. Dos ex-amantes en una ciudad lejana, dos miembros de la resistencia con heridas que aún duelen al caminar sobre estas piedras.

amaz

#Bilbao#Cotidiano#Euskal Herria#Fermin Muguruza#Música

05/01/2016 by marioregueira

Deseo

desire

Recortada de la original del usuario de Flickr Farther Along – CC BY 2.0

No sabría decir cuándo fue. Seguro que a finales de los noventa. Bob Dylan no significaba nada para mí. Un tipo con un par de canciones tan icónicas cómo vacías. La persona que habían versionado los Guns N’ Roses en mi primera adolescencia. Un viejo que había tocado hacía poco delante del Papa de los católicos, haciendo desaparecer la escasa aura rebelde que podía conservar. En los tiempos en los que el la blogosfera gallega hervía y abundaban los dylanianos llegué a crear una pequeña polémica diciendo que Zimmerman no había hecho gran cosa después de los setenta. Los fanáticos seguirán protestando, pero si los ochenta de Dylan son olvidables, los noventa no fueron mucho mejores. La prueba fue que en ese momento, entre conciertos apagados y discos mediocres, hubiera podido dejarlo pasar sin más. Algo de eso discutía con mi padre en aquellos días. El conflicto generacional, y yo sonriendo excépticamente cada vez que decía que era uno de los grandes, que había mucho más que la imagen distorsionada que ofrecían los medios de él. Según mi padre, había un disco que no había escuchado y que podría resumirlo todo. Un disco que no teníamos y que nunca habíamos tenido, pero que él recordaba de su juventud. No sé con quien habló. En aquella época de discos digitales y en la que comenzaba a aparecer un formato extraño llamado mp3, mi padre movió cielo con tierra, visitó antiguos camaradas y habló con viejos conocidos del trabajo. Un día de patrón en la vieja casa de mis abuelos me pidió que saliera con él. Había colocado el coche con las puertas abiertas al pie del viejo hórreo apuntalado. Alguien le había dejado un cassette y uno de los pocos sitios que teníamos para escucharlo era en la vieja radio de aquel viejo coche. Era una cinta original, más vieja que yo y rotulada (nunca lo olvidaré) en inglés y español. Desire – Deseo. Con canciones con títulos como Huracán, Una taza más de café, o Bahía del Diamante Negro. En la portada, un Dylan extrañamente joven sonreía disfrazado de vaquero.

He leído alguna vez crónicas de dylanismo apasionado que inciden en la misma idea. No vuelves a ser la misma persona después de escuchar por primera vez Hurricane, ocho minutos y medio en los que parece que una guerra se desata y te lleva por delante. Mi padre me contaba la historia que mi precario inglés no conseguía entender. Huracán Carter, el racismo en los Estados Unidos, un crimen que no había cometido, la épica de un boxeador tras los barrotes. La vergüenza de vivir en una tierra donde la justicia es un juego. Y Dylan iniciando un movimiento que conseguía reabrir el caso y ponerlo en libertad. En un momento en el que yo ya me formulaba abandonar derecho por la literatura y las tensiones en mi casa comenzaban, mi padre se disparaba en un pie con un consejo que nunca se atrevería a darme explícitamente. A veces no bastan los abogados para reparar una injusticia. A veces hace falta una canción.

"Dylan and The Band" by Hugh Shirley Candyside - Flickr: Dylan and The Band. Licensed under CC BY-SA 2.0 via Wikimedia Commons

“Dylan and The Band” by Hugh Shirley Candyside – Flickr. CC BY-SA 2.0 via Wikimedia Commons.

En aquella tarde en la que el sol iba cayendo poco a poco sobre el horizonte de Valdoviño, escuchamos el disco entero. Reímos con el español macarrónico de Romance in Durango, abrimos los ojos como platos ante una canción que se titulaba Mozambique, y nos estremecimos con Oh, Sister o One More Cup of Coffee. Una taza más de café antes de seguir el camino valle abajo. El corte final, Sara, volvía a sonar como un fenómeno natural, algo más calmo que el huracán del inicio. Más allá de lo icónica y política que resultaba Hurricane, el tono general del disco hablaba sobre todo de la pasión. Como dicen las viejas crónicas dylanianas, cuando la cinta acabó, yo era otra persona. Y sin embargo, todo aquello era sólo una parte de un puzzle que completaría en los años siguientes.

Mucha gente sostiene que Desire no es más que una segunda parte de Blood on the Tracks, un disco anterior que yo aún tardaría un tiempo en descubrir. Podría declarar que ambos suponen la cúspide del talento de Dylan, en una época especialmente productiva que nunca jamás se repitió. Ambos cuentan la historia de una ruptura y de un regreso, mensajes muchas veces contagiados de declaraciones políticas. Viví con ellas en una calle de la zona vieja. Por la noche había música en los cafés y la revolución estaba en el aire. Nunca tuve ninguno de esos discos en formatos que quisiera conservar. Años después, mi padre me regalaba una grabación en directo de la misma época gloriosa, con las mismas canciones. Nadie lo sabía, ni yo al principio, pero me acercaba a un momento vital de ruptura y reencuentro, y durante meses las canciones de Dylan encajaron cómo hechas a propósito para mi propia vida y pude aprenderlas de golpe entre despedidas y regresos, traduciéndolas con pronombres imposibles. Morimos y renacemos, misteriosamente a salvo, y tras volver a la vida encontramos a las mismas personas en el quinto día de mayo. Aunque nosotros seamos otros.
No sabría decir cuanto de mí continúa a cantar esas letras ni cuanto de ellas quedaron para siempre jamás entre las mías. (Si lo ves, dile hola, ahora debe estar en Tánger. Estará pensando que lo olvidé. No le digas que no es cierto). Huracán Carter murió el año pasado, Dylan nunca volvió a brillar con ese destello cegador, mucho menos después de tocar para el papa de los católicos o hacer que retiraran todas sus canciones de youtube, el coche de puertas abiertas contemporáneo. Y nunca volvió a hablar de revolución. No puedes hablar de esas cosas después de empeñar tu alma. Y sin embargo, a pesar de eso, como la llama del amor que palpita y se desvanece antes de regresar, levantamos nuestras copas cuarenta años después de la cumbre dylaniana y repasamos todas y cada una de las marcas que el deseo dejó nos nuestros cuerpos. De todas las cosas que hicimos siempre habrá una de la que no nos arrepentiremos. Y las que no hicimos fue sólo por un simple giro del destino.

#Bob Dylan#Música

27/09/2012 by marioregueira

A idade de ouro do pop galego

Sei que hai xente que estaría disposta a discutir sobre Los Tamara, Andrés do Barro ou Os Resentidos, pero unha idade de ouro, polo menos na nomenclatura á que a metrópole nos ten afeitos, non se compón de estrelatos conxunturais, senón dunha rede de iniciativas musicais e as súas interrelacións. A idade de ouro do pop galego puido comezar aló por 2005, cando The Homens puxeron as cancións do seu primeiro EP na rede, se cadra no 2006, cando Fanny + Alexander sacaron Lusco, un dos primeiros discos en botar a andar ese proxecto vertebrador que foi o netlabel A Regueifa, que xa viña sementado polo blogue homónimo. O rock bravú e o folc, estrelas da música galega nos anos precedentes, daban as súas últimas boquexadas, e un tempo novo viña á luz, un tempo no que a maior parte das bandas se decataron de que xa non era necesaria unha discográfica ao uso para que as súas gravacións tivesen repercusión. Apareceron publicacións musicais en galego, xurdiron concursos de lanzamento para bandas novas e mesmo chegamos a ter durante uns anos un festival en Valga feito con óptica de país. Projecto Mourente tocaba na Quintana na Festa do Orgullo, os votantes da dereita (e a uns cantos da esquerda sen sentido do humor) escandalizábanse coas letras de Ataque Escampe e escoitabamos a Noise Project pensando que a vangarda musical islandesa se cadra non quedaba tan lonxe do rumor dos nosos piñeiros. Tras anos nos que a innovación musical se reducira a distintas variantes do rock e a polémicas absurdas sobre que estilos e instrumentos servían para facer música galega, a nosa terra parecía queimar etapas a unha velocidade abraiante e sacaba toda a inmensa creatividade que tivera gardada no bandullo.

As idades de ouro son artellamento e interrelación, por iso unha parte importante dese momento pasaba pola noción de comunidade, pola participación e a camaradaría. Projecto Mourente vestindo a camisola raiada de The Homens, Samesugas machacando as cancións destes, Leo e García reiventando a Celso Emilio, poetas de todo o país compoñendo letras para Fanny + Alexander e máis de vinte grupos do país versionando a Andrés do Barro na mellor homenaxe que lle fixeron nunca. O movemento estaba cheo de forza e ilusión, e non faltaba apoio por parte das radios e dos medios de comunicación. Sen Vieiros e a Radio Galega todo aquilo quedaría en nada, ou circularía, como tantos grupos antes, en malas copias sen relevancia fóra de pequenos círculos.

O final da idade de ouro sería unha cuestión para discutir. Para min está nalgún lugar entre o concerto conxunto de The Homens e Novedades Carminha na Sala Nasa no 2009, a que sería a última edición de A Polo Ghit ese mesmo ano, ou a canción de Bruce Springsteen que se mal non lembro marcou o final dunha etapa de apoio á música galega en Radio Galega Música. Non quero dicir que o talento rematase, aí está Violentos anos dez ou A pior, dous títulos imprescindíbeis e con nomes que veñen moi ao caso, aí estaban onte Grampoder, a metade de The Homens, botando talento polos poros un mércores calquera na zona vella de Compostela. Porén unha idade de ouro, se nos guiamos pola nomenclatura da metrópole, é outra cousa que obras puntuais, por moi brillantes que poidan ser. A rede que sustentaba a música en galego caeu, os medios de comunicación pecharon, A Regueifa pasou á historia, e o apoio do goberno galego desapareceu, incluído a maior parte do que prestaba a radio que pagamos todos. A pesar de que a música galega sempre estivo marcada por un pulo importante da vontade persoal da xente involucrada (o seu maior selo discográfico partía dunha iniciativa individual sen horizontes de lucro, ningún músico puido vivir só do seu traballo como tal), as estruturas que turraban dela conseguiran, con moi pouco esforzo institucional, marcar unha diferenza importante.

A idade de ouro (2005-2009) coincide, curiosamente cunha lexislatura, e a maior parte dos elementos que a sostiñan desapareceron coa chegada da seguinte, marcada por unha vontade declarada de coutar o desenvolvemento da nosa lingua e da nosa cultura, aínda naqueles campos nos que sería moito máis doado aproveitar o traballo feito.

O argumento neoliberal esixe moi a miúdo á cultura galega que se autosustente economicamente para sobrevivir. É unha falacia moi útil pensar que os grupos que venden son “mellores”, e que se a xente non escoita música en galego é porque non ten calidade suficiente ou porque non encaixa nos gustos do grande público. A experiencia destes anos demóstranos que nas mentes de quen emprega o argumento, “autosustentarse” debe implicar tamén mercar os propios medios de comunicación ou artellar pola nosa conta unha rede de locais onde poder actuar. Basicamente, que se queremos facer música en galego, como se a queremos facer en inuit, é problema noso, e que non agardemos ningún apoio, en todo caso cruzar os dedos e pensar nos golpes de sorte. Ou nos golpes de urna dunha noite electoral.

#Galiza#Música

12/01/2012 by marioregueira

República Billarda

Se teño que ser sincero, do mundo do deporte sempre me interesaron moito máis as historias e a súa perspectiva sociolóxica que o feito en si mesmo. Era dos nenos que coleccionaban escudos de equipos en lugar de xogar nas ligas infantís. E sempre serei dos que gozan lendo proxectos como Panenka ben mellor que o Marca. Será por iso que tardei tanto en probar o xogo que uns cantos tolos da miña terra loitaban tenazmente por recuperar. A billarda representaba unha tradición que me quedaba un pouco lonxe, non lle coñecía ligazóns familiares directas, non sabía exactamente como se xogaba e sempre viña a tropezar coas miñas resacas do 25 de xullo co seu Aberto e a insistencia dos fieis en que participase. Non entendía tanta paixón porque non abrira os ollos á luz.

Abrinos no exilio, como facemos habitualmente os galegos. Durante a breve estadía catalá tiven a sorte de coñecer as redes da versión local, o bélit, e a súa capacidade de integración e reivindicación política, o seu papel no artellamento dunha sociedade civil que nós precisamos infinitamente máis. Daqueles días quedou o xermolo dos galego-catalás Casus Bélit, o primeiro partido internacional entre a Auténtica e os irmáns mediterráneos, e tamén unha firme convicción en que o traballo na recuperación do xogo non era só deporte, tamén era sociedade, fermento dos lazos persoais, diversión, loita, en definitiva. A Liga Nacional de Billarda, que eu tiña por un grupo de obstinados recuperadores, manifestou o seu verdadeiro cariz como voluntarios na primeira liña das barricadas.

O retorno ao país tróuxome tardes de diversión e moitas sorpresas. Na terra do meu pai, nun aberto, fun descubrir dúas cousas: a primeira, que toda a miña familia xogara na infancia a unha billarda con variantes particulares, a segunda, que aínda sabían pegarlle, aínda que insistiron en afiar os extremos da billarda a navalla. O xogo devolvíame unha parte da miña propia memoria, un feito xa de por si totalmente revolucionario e inesperado.

Agora, os valentes da Liga Nacional de Billarda, capitaneados por ese furacán de paixón que asina as crónicas n’O varal, pon nas nosas mans dous discos cheos de himnos deportivos que sirvan á loita, un proxecto que só cabería irmandar con aquel histórico Selección Xa, pero no que non cantan futbolistas millonarios, senón persoas máis interesantes. Unha recompilación dos mellores grupos do país nesta idade de ouro, orballada de mapas sonoros e audios testemuñais que nos poñen exactamente na intersección entre o folc tradicional e a electrónica futurista, sen esquecer os ocasionais golpes de punk-rock e a maina molicie do pop contemporáneo. Un traballo que acompaña no libreto o traballo fotográfico de Nachok e unha serie de haikus dalgúns poetas do país, entre os que se conta o meu pequeno gran de area.

Non son dos que cre que as tradicións son absolutamente boas polo feito de selo. Un pobo, unha nación, unha identidade, fórmanse por elementos en permanente construción e as súas tensións políticas son case sempre produto dese proceso. Non penso que todo o que vén das nosas raíces sexa bo, e moito menos que o sexa por ser máis puro e máis apegado a elas. A tradición tennos que servir para recoller os elementos que nos permitan construír o futuro. Creo que a billarda é un deses elementos: un xogo sinxelo e apaixonante, con vocación de asolagar o país e devolvernos unha parte das cousas que esquecemos: que o pau serve tamén para bater nos inimigos e a billarda para non esquecer como se fan voar os soños.

#Activismo e resistencia#Cultura libre#Galiza#Música

25/02/2011 by marioregueira

Herexes, ritos e flores na estrada

A primeira novela do colectivo Luther Blisset (hoxe Wu Ming) chamouse Q, e nalgunhas edicións engadiu O cazador de herexes como subtítulo. Estaba ambientada nas revoltas dos anabaptistas alemáns, unha seita (todas o son) cristiá que se atopou nun fogo cruzado entre católicos e protestantes. Se por unha banda se opuñan ao poder do Papa nunha liña próxima á marcada por Lutero, unha parte dos anabaptistas decatouse axiña de que a aposta dos luteranos pasaba por substituír o servilismo a este pola submisión aos príncipes. Naturalmente todo isto aparecía explicitado en diverxencias sobre dogmas de fe, aínda que un dos méritos da novela é deixar percibir como toda confrontación relixiosa non era máis que unha pantalla que ocultaba unha confrontación política.

A idea da cristiandade defendida polos anabaptistas pasaba esencialmente polo pacifismo, a non violencia e a tolerancia con outras relixións, pero sobre todo pola idea de que o cristianismo era ante todo comunidade consciente en constante construción, unha urdime de lazos de solidariedade e axuda mutua que debía contribuír á construción das cidades celestes na terra e que mal asumía calquera tipo de xerarquía non divina. Se cadra por iso a razón principal da súa disidencia foi a negación do bautismo infantil como forma de cristianizar. Para os anabaptistas a práctica da relixión non podía depender dun ritual esencial efectuado sobre unha persoa que aínda non tiña capacidade de raciocinio. A fe debía ser unha escolla persoal e consciente, e a decisión de bautizarse (ou non facelo) só podía ser exercida por adultos.

Os anabaptistas foron completamente masacrados nalgún momento da historia. Acontece habitualmente cos colectivos que pretenden vivir á marxe dos poderosos e que antepoñen a liberdade e a acción consciente á ética do rabaño promovida polas instancias do poder. Non deixa de resultar curioso como as apostas que veñen dos príncipes e dos papas (é dicir, da caverna) sempre remiten ao mesmo: a ritualización e o apelo ao inconsciente. Se cadra porque os ritos afastan ás persoas dun comportamento lóxico e activo, así como da toma de decisións. Fanas máis dóciles, máis doadas de manexar. Estes días tivemos un exemplo máis coa nova campaña da Xunta para disuadir da condución baixo os efectos do alcol. Ante un problema da gravidade e implicacións que teñen os accidentes de tráfico, o plan de xestión do noso goberno autonómico pasa por pinchar unha canción nos bares, a ser posíbel convertela na canción do final da noite. Pensará o mal goberno que o feito de repenicar unha canción pode facer que os que xa están bébedos deixen o carro no que viñeron para volver a pé? Salvaranos o feito de repetila como un mantra, como un novo rito polo que non debemos pensar no noso día a día? Se cadra o seu ton repetitivo fará que esquezamos a inversión de cartos nunha campaña mediática e non de seguridade nas estradas, nos favores políticos que paga, ou onde están os buses nocturnos que até o de agora se perfilaran como unha solución moito máis lóxica.

Cambian un bus por unha canción. Unha canción que tes que cantar á saída dos bares até que entre na parte máis adormecida da túa cabeza e integre e pase a formar parte da realidade ritualizada pola que queren gobernarnos.

Non caian nos seus ritos. Lean a novela. Non escoiten a canción.

#Galiza#Literatura#Mitoloxías#Música

29/12/2010 by marioregueira

Zappa e os cegos que non queren ver

Por definición, o artista é un doador, non un intermediario. Pode ser un sabio tolo nos estudios do GRM da «Maison de la Radio» en 1948, ou un hippie enxuto observando o seu teléfono, como Frank Zappa, neno pertencente ao rock disidente, guitarrista inspirado no jazz de Eric Dolphy e ocasional compañeiro de ruta de Pierre Boulez. En 1980 viu o futuro nunha conversa telefónica…

No último capítulo da súa autobiografía describe algúns dos seus fracasos profesionais. En particular, a «proposta dun sistema destinado a substituír o mercado do disco fonográfico» remitido ao «Rothschild Venture Capital» «nun momento no que os CDs aínda non apareceran no mercado», conta Zappa.

Vexamos un anaco do seu proxecto: «Propoñemos mercar os dereitos de reprodución numérica DAS MELLORES OBRAS dos fondos catalográficos (OFC) que languidecen sen venderse nas casas discrográficas, centralizalas nun servidor, despois conectalas por teléfono ou por cable directamente ao magnetófono da computadora. O usuario poderá elixir entre unha tranferencia numérica directa en F-1 (o DAT de SONY), en Beta Hi-Fi, ou en calquera outro soporte analóxico común». Frank Zappa precisa que o seu sistema require a instalación dun «convertedor numérico-analóxico no teléfono», tamén chamado «módem». ¿Cómo non ver no de Zappa un sistema de telecarga semellante ao de Napster?

Zappa pensa mesmo nun sistema de retribución. Engade que «o desconto do pago de royalties, a facturación por compra, etc., estarían automáticamente asegurados pola propia xestión informática do sistema. O cliente abónase a unha ‘familia temática’ ou a varias e factúraselle mensualmente».

Como sabemos, o proxecto de Zappa non foi comprendido pola industria do disco. Tamén non foi escoitado Karlheinz Brandenburg, investigador alemán a conta de «Thomson», de quen se riron nos seus propios fociños cando en 1988 deixou a voz tentando demostrar aos seus xefes que a compresión numérica revolucionaría a distribución musical. Brandenburg e o seu equipo acababan de inventar o MP3.

De Techno Rebelde, de Ariel Kyrou, que podedes mercar e/ou descargar de balde aquí.

(A tradución e os suliñados son meus)

#Cultura libre#Epigramas#Música

21/10/2010 by marioregueira

Manifesto para o debate

A configuración dos dereitos de autor nun mundo no que a difusión da cultura se facilitou inmensamente podería ser un dos grandes debates do século. E como todo debate no que algunha parte se xoga algo, este tamén non estará libre de mentiras e terxiversacións. A clarificar parte delas contribúe Rip! A Remix Manifesto, un filme documental que toma como centro ao músico Girl Talk (nome artístico do DJ Gregg Gillis) para emprender unha viaxe sobre a historia nunca contada da lexislación sobre os dereitos autoriais, o seu endurecemento recente, e algunhas das súas primeiras vítimas.

A obra emprende tamén o complicado traballo de facer transcender o tema máis aló do eido audiovisual que emprega de partida. Porque si, Gregg Gillis é un tipo que emprega anacos de cancións de outros para xerar unha proposta musical nova, pero tamén, e isto non carece da súa importancia, foi alguén que traballou como enxeñeiro biomédico realizando labores de investigación. A reivindicación dunha reformulación dos dereitos de autor e da fin dos coutos á transmisión cultural é frecuentemente banalizada como un capricho occidental que só afecta a determinadas clases sociais ávidas de consumo audiovisual. Esta perspectiva axuda a encubrir unha parte do problema que de ser máis publicitado colocaría a unha parte do debate contra as cordas. As patentes farmacéuticas, ou o lastre que supón para a investigación biomédica a simple posibilidade de patentar descubrimentos relacionados coa saúde. E tamén o xeito no que isto afecta aos países en desenvolvemento ou a revolta silenciada que algúns deles están levando a nivel internacional contra esta situación.

Rip! A Remix Manifesto é un filme sobre como non se pode deter a roda inmemorial da fluencia cultural e da investigación científica só para que grandes compañías que hai moito perderon o seu compoñente humano sigan construíndo imperios comerciais. Un manifesto que colocar nalgún lugar dese debate no que nos xogamos é a liberdade creativa, a difusión da cultura e tamén, aínda que non nolo queiran contar, moitas outras cousas.

Hai un tempo que vin o filme e levaba unhas semanas querendo falar del no blogue. Hoxe facendo a rolda dos blogues levei a grata sorpresa de que o Cineclube de Compostela o vai proxectar esta tarde, seguido dunha mesa redonda sobre o tema, así que non perdades oportunidade de velo en tan boa compañía. Para quen non poida ir pode descargar o filme subtitulado en español. A Frente de Liberación do Rato está preparándose para baixar das montañas e tomar as cidades.

#Activismo e resistencia#Cinema#Cultura libre#Música

Este sitio web emprega cookies para que vostede teña a mellor experiencia de usuario. Se continúa navegando está dando o seu consentimento para a aceptación das mencionadas cookies e a aceptación da nosa política de cookies, pinche na ligazón para máis información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies