17/03/2016 by marioregueira

Beti izango dugu Bilbao

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Hay ciudades que conoces antes de poner el pie en ellas. Lo pienso ahora desde Bilbao, en mi tercera visita a la ciudad. Todas en los últimos años, todas con esa sensación extraña de estar pisando territorio conocido, como si mis sueños de la última década sucedieran al lado del Nervión o como si una vida pasada palpitase aún en mi memoria. No, no hay nada místico en la sorpresa con la que redescubro estas calles, estos locales, los amigos que aparecen como si llevaran toda una vida esperando por mí.

Desde finales del siglo pasado la cultura vasca se infiltró en una parte de la juventud gallega. Comenzábamos en el instituto cantando «Mierda de ciudad» y haciendo circular viejas cintas del rock radikal. Aunque ninguna de esas trayectorias nos dejaría tan asombrados cómo la de Fermin Muguruza. Aún recuerdo la sensación de poner por primera vez la cumbre de Negu Gorriak. Los dos dobermans negros que abrían el disco Borreroak Baditu Milaka Aurpegi y que nos dejaron una sonrisa congelada y la sensación de que el suelo acababa de temblar bajo nuestros pies. Admiré siempre la trayectoria de Fermin Muguruza por la misma razón por la que admiré a los Clash, porque la clase obrera afloraba más allá de la retórica. No se pasa de los primeros discos de Kortatu a un proyecto como el de Negu Gorriak o al Muguruza en solitario con genialidad ni con medios. Hay evoluciones que sólo se explican metiendo en la ecuación trabajo y consciencia, dos valores que en la frontera de Caranza en Ferrol o en la de San Francisco en Bilbao aun significan algo para la juventud que las atravesó entre los ochenta y los noventa.

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La gran eclosión de la carrera de Muguruza en solitario me cogió, sin embargo, en Compostela. Una época en la que el Avante pinchaba cada noche el Big Beñat haciendo temblar el suelo de madera del piso de arriba y en la que nos acostumbramos a encontrar la voz de Muguruza en una de cada dos canciones, entre los directos de Banda Bassotti, el Tijuana No! de una improbable Julieta Venegas o siendo la única voz que gritó Galiza Ceive, Poder Popular en toda la historia de la música gallega, justo en medio del acordeón de los Diplomáticos. Y entre todo aquello, como un impasse necesario, el In-Komunikazioa, algo distinto, también uno de los mejores discos de aquellos años y la posibilidad inesperada de poder poner algo de Muguruza en una tarde entre amigos o como fondo a las noches frías de Compostela. Letras que aprendes de memoria sin saber si las estás pronunciando bien. Canciones que acaban entrando en tu vida inesperadamente. Te levantas al lado de alguien y reparas en el azar que el radio-cd del suelo dio en tocar. Beti izango dugu Bilbao. Y sonreís tristemente. Ninguno de los dos estuvo nunca en Bilbao y sin embargo es la mejor canción para una despedida definitiva. Siempre nos quedará Bilbao, dices mientras os brillan los ojos y arriesgáis un último abrazo. Siempre nos quedarán las ciudades nunca vistas, las canciones que Sam o Muguruza pueden tocar de nuevo una y otra vez para recordarnos que nunca subimos la aquel avión.

No debió de ser casualidad que hablara de los bereberes y de Casablanca en Tanxerina, que el reggae de los blancos europeos sea uno de los temas de L’affiche rouge y que una de las protagonistas diga aquello de que el verdugo es el hombre de las mil caras. Hace unos meses me sorprendía el título del último disco de Fermin: Nola. La vieja Nueva Orleans por la que pasearon mis personajes hace años. La geografía en la que nos movemos es la misma, y sólo la casualidad hizo que no coincidiéramos en algún bar de Perdido Street. Por eso puedo pasar al lado del Antzokia recordando las canciones de conciertos en los que nunca he estado. Atravesar la Zubizuri consciente del paso que marcó entre dos orillas y dos épocas de la ciudad. Saludar con una sonrisa a las imágenes del Che Guevara y Abd el-Krim que esperan en las paredes del Bere-bar de San Francisco, no muy lejos de la Anti, la libraría en la que presenté uno de mis libros hace un par de años. Y recordar que siempre nos quedará Bilbao. Esa ciudad que evocamos una vez, hace mucho tiempo, en una habitación en Compostela y que, sin verla nunca, formaba parte de nosotros. Dos ex-amantes en una ciudad lejana, dos miembros de la resistencia con heridas que aún duelen al caminar sobre estas piedras.

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#Bilbao#Cotidiano#Euskal Herria#Fermin Muguruza#Música

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