06/03/2016 by marioregueira

Mocitos jugando (en la Calle Álvaro Cunqueiro)

Mocinhos com pistolas de xoguete - Adaptada da orixinal de Sascha Kohlmann - CC BY-SA 2.0

Mocitos con pistolas de plástico – Adaptada de la original de Sascha Kohlmann – CC BY-SA 2.0

No quiero darle un bombo que seguro no busca ni merece, así que no sé si llamarlo Pazos o Pazolo. O a lo mejor sea mejor Mociño que, tal y como escuché hace años, es la forma patrimonial que el gallego tenía para “paxe”. Mociño abrió un blog hace años. Lo hizo en una plataforma francesa, seguramente por diferenciarse, porque le gustaba o porque es en francés que se inventó una palabra tan versátil como boutade. Reconozco que si la propuesta literaria de Mociño me interesó entre poco y nada, el blog se inclinó peligrosamente hacia el nada ya en los tiempos gloriosos de la blogoesfera gallega, esa ciudad fantasma de hoy.

Hay que reconocerle al blog de Mociño, sin embargo, una agilidad en el estilo tan periodística como aburrida y también una persistencia encomiable. Su blog lleva años fosilizado en mi lector de feeds porque siempre me dio pereza cancelar suscripciones. Hay días, incluso semanas, que representa la única entrada de su categoría. Será ese el motivo que aún lo lea de vez en cuando. Hoy, cosa rara en él, Mociño abría uno de esos confusos artículos con cincuenta referencias inconexas en negrita. Y me citaba. Es decir, que yo era la primera referencia de un camino que, como habitualmente pasa con sus artículos, avanzaba hacia la nada y hacia conclusiones irrelevantes mientras su prosa braceaba dando puñada inconexas al aire.

el rei

El rey de la magia – Adaptada de la original de Saúl Rivas – CC BY-NC-SA 2.0

No quiero darle más importancia de la que tiene, a fin de cuentas, no es la primera vez que Mociño se preocupa por mí en un tono similar y nunca me molesté en contestarle por aquello de no alimentar al troll y tal. Sin embargo, es cierto que sus referencias, por más superficiales, sí que tocan una parte del pequeño debate que, en redes sociales y en los bares de Compostela, tuve con varias personas próximas sobre Álvaro Cunqueiro. Dos de ellas, no por acaso, mindonienses y queridos amigos, aunque no solamente ellos. El debate de Cunqueiro salió en muchas conversaciones y creo que es una buena señal. Por lo menos para mí es una buena señal ver cómo una de las preguntas que se formuló hace un mes y medio en la defensa de mi tesis volvía a aparecer en contextos mucho más distendidos. Era Cunqueiro franquista? Lo fue toda su vida?

No hice una tesis específica sobre el autor del Merlín y familia, pero en el contexto de la literatura de posguerra es evidente que tuvo un peso fundamental en mi trabajo. Las cosas que cité en la entrada de hace quince días no eran anécdotas de bar, ni suposiciones, sino declaraciones recogidas de entrevistas y artículos del autor. Podría refrendarlas con bibliografía si hubiera quedado harto de trabajar bibliografía este año y si no creyera que poner bibliografía en un artículo para un blog es una verdadera pedantería. Tampoco tienen un valor individual, parte de mi trabajo aborda el hecho de que sus nociones filosóficas, la comprensión del oficio de escritor, así como el sentido de algunas obras, encajan con una cierta coherencia con esa perspectiva reaccionaria, especialmente en el tratamiento de ciertos elementos étnico-identitarios. Claro, se puede también aludir al contexto del Cunqueiro ilusionista, que inventa y exagera mientras habla y al que no se puede tomar muy en serio. El viejo debate sobre el humor. Creo que puedes hacer bromas sin importancia sobre antipáticos comunistas, incluso puedes hacerlas después de colaborar con la maquinaria que protagonizó su persecución y asesinato. Pero tienes que entender que a mucha gente no le hagan maldita gracia. Será el tipo de humor que los bufones hacen sonar dentro de los palacios, un humor al que nunca acabé de cogerle el punto y que creo que define más que cualquier ideología. Por mucho menos de las gracias que algunos pajes le ríen a Cunqueiro, los hijos de la Gran Bretaña defenestraron en su día al poeta Philip Larkin.

Casa de Rimbaud en Harar - Adaptada da orixinal da usuaria de Flickr Beth - CC BY-NC 2.0

Casa de Rimbaud en Harar – Adaptada de la original de la usuaria de Flickr Beth – CC BY-NC 2.0

Naturalmente habría mucho que matizar y resulta muy interesante la potencia de interpretación de la obra de Cunqueiro. No voy a entrar al por menor porque aspiro a publicar una versión de la tesis y porque la historia es muy larga. Sin embargo, no puedo dejar de destacar hasta que punto reacciones como las de Mociño me vienen a dar, indirectamente, la razón en algunos de mis postulados. El problema no es que Cunqueiro fuera reaccionario, sino la imposibilidad general de aceptar que hubo galleguistas reaccionarios y que lo fueron antes, durante y después del franquismo. Cunqueiro fue un escritor fundamental para nuestra literatura. Y un fascista. Ninguno de los dos hechos anula necesariamente lo otro. Lo demás es seguir interpretando la historia como compartimentos estancos o como una cuestión simplemente tribal. Cuestiones de autonomía, que diría el bearnés. Yo para ser escritor gallego no preciso defender a Cunqueiro en lo indefendible ni atacarlo en lo literario. No preciso hacer de paje en ninguna corte.

Finalmente, quiero decir que es necesaria una muy limitada capacidad de comprensión lectora para afirmar que yo defiendo en mi artículo que le retiren ninguna calle a Cunqueiro. Es algo que ni me va ni me viene, aunque sí considero que el hecho de que mitad de la gente de la cultura salga defendiendo al mindoniense cómo si fuera su madre parte de la misma dinámica maniquea y simplista de la que hablaba antes. El caso de Cunqueiro es cómo el de Borges en el Chile de Pinochet o el de Rimbaud en Harar traficando con esclavos. Como el anti-semitismo de Richard Wagner que, sin embargo, luchó en las revoluciones de extrema izquierda de su tiempo y fue perseguido por ello. Contradicciones que los mocitos de hoy no consiguen aceptae porque necesitan una historia masticada y sencilla con la que llenar sus artículos de prosa ágil y caminar incierto. Como habrán leído las personas que saben leer, para mí representa un debate para el cual no tengo una respuesta clara, aunque no me escandalizaría si le quitan un honor ciudadano a quien nunca se arrepintió de haber sido tan mal ciudadano. A lo mejor hay que definir mejor qué tipo de honor es que te den una calle en una ciudad como Madrid. O que tipo de honor es que te defiendan con ciertos argumentos.

#Álvaro Cunqueiro#Fascismo#Literatura

23/02/2016 by marioregueira

Calle Álvaro Cunqueiro

Estatua de Cunqueiro en A Coruña – Adaptación de la imagen de J.L. Cernadas Iglesias – CC BY 2.0

Me sorprendió en los últimos meses la campaña en defensa de la calle que Álvaro Cunqueiro tiene en Madrid, especialmente por los tópicos que resucita al hablar del mindoniense. Los argumentos resaltan su trabajo a favor del Estatuto de Galicia (1936) y su militancia en el Partido Galeguista, y disculpan su acercamiento a la extrema derecha aludiendo a un momento de debilidad que habría quedado purgado de sobras con su posterior trabajo literario.

Puede ser cierto que la figura del dictador no le dijera gran cosa al fabulador de Mondoñedo. Sin embargo, eso es un simple detalle que no se mueve de un cierto referente personal. Que Cunqueiro abjure de Franco en el final del franquismo es un detalle puntual, su ideología, desde los primeros días del Partido Galeguista hasta los años ochenta, se mueve en una línea claramente reaccionaria que sólo muy relativamente discrepa con la del falangismo (hay que recordar que el falangismo de la revolución social también cae en desgracia bajo la dictadura). La divergencia de Cunqueiro es territorial y habla del papel de Galicia, a la que considera su identidad étnica y de la que reivindica, hasta muy tarde, su papel privilegiado en la constitución de una supra-identidad española y de una Europa cristiana a la que llega a aludir fugazmente como su verdadera nación. Aunque esta vocación pro-gallega nos tocó de una forma muy importante, resulta absurdo desvincularla de todos sus matices ideológicos, muy semejantes a los que otros falangistas históricos hicieron valer en relación a la diversidad del Estado español. Del mismo modo, resulta muy inocente pensar que, en un Partido Galeguista en el que acontece una escisión derechista en el año 36, esa corriente de pensamiento no tenía sus propios simpatizantes, y que muchos de ellos no tuvieron mayor problema en sumarse al levantamiento fascista.

Placa na casa natal de Mondonhedo - Adaptada da original do usuário de Flickr madeira_de_uz - CC BY-NC-SA 2.0

Placa en la casa natal de Mondoñedo – Adaptada de la original del usuario de Flickr madeira_de_uz – CC BY-NC-SA 2.0

Cunqueiro sale del Madrid en el que hoy tiene una calle en el año 1947. Deja de ser un periodista afín al régimen y bien situado en la capital para volver a su Mondoñedo natal. Hay quien marca ya en ese año su caída del caballo y su alejamiento del franquismo como ideología. Lo cierto es que no está muy claro que es lo que lleva al mindoniense a volver a casa, pero la hipótesis de la discrepancia ideológica es la última que se baraja. Un desfalco realizado a un periódico o una estafa a un diplomático son las primeras pistas. Cunqueiro es expulsado de la Falange y tiene que irse de la capital, pero su falta de entendimiento con el franquismo está lejos de ser una ruptura ideológica. En todo caso, no deja de ser una versión personal y rápida de otros alejamientos progresivos de una parte de la extrema derecha española, que comienza a ver en el régimen de Franco una dictadura burocrática que traiciona los horizontes de la revolución social y nacional que esperaban. No puede negarse, sin embargo, que el regreso a Galicia es también un regreso a la lengua gallega y que, en ese sentido, su papel en la recuperación posible de un contexto arrasado literalmente por el fascismo fue fundamental. Cunqueiro da algunas de las mil primaveras que pone como objetivo para nuestra literatura.

A pesar de eso, el mindoniense no dejó de manifestar su clasismo y su racismo a lo largo de toda su trayectoria. Que en algún momento hable de la falta de conexión con el franquismo es un simple detalle. En los años sesenta se manifiesta en contra de la independencia de las colonias africanas y de que el voto en la ONU de esas nuevas naciones llegue a valer lo mismo que el de un país europeo. En los años setenta al ser preguntado por su participación en una antología bélica en homenaje a José Antonio Primo de Rivera, apunta que el poema es malo, pero que no puede avergonzarse por cantar las glorias de un joven que muere por sus ideas. Entre los rumores no comprobables está también la historia en la que pide que desparasiten la caseta de la Feria del Libro en la que tiene que firmar, pues antes que él había firmado Marcelino Camacho, diputado comunista en aquella altura. No cabe duda de que, si el autor ya no se consideraba franquista, no era porque su pensamiento reaccionario hubiera menguado un ápice.

Detalle de la estatua de Cunqueiro en Mondoñedo - Original de Saúl Rivas - CC BY-NC-SA 2.0

Detalle de la estatua de Cunqueiro en Mondoñedo – Original de Saúl Rivas, CC BY-NC-SA 2.0

Son méritos suficientes para que figure en la lista de franquistas que deben desaparecer del callejero de Madrid? Lo cierto es que si Cunqueiro no fuera gallego su defensa sería muy difícil de sustentar por muchas de las personas que se aventuraron en ella. Por otro lado, la mayor parte de las voces que salen en su defensa emplean el argumento del miedo y del “falangismo conyuntural” con demasiada ligereza. No podemos pedirle a nadie que no cometa errores, tampoco que se autoinmole en medio de una guerra, pero la cultura gallega está demasiado acostumbrada a disculpar alegremente los que, de una u otra forma, acabaron integrados, más allá de la coyuntura, en la gran maquinaria franquista, aprovechándose económica y socialmente de ella. Que Cunqueiro tuviera que salir precipitadamente de esa maquinaria tras diez años de colaboración es un acaso que no puede convertirse en un acto heroico. Poner esa escaramuza a la altura de muchos autores que en ese momento estaban en prisión o resignados a un exilio sin fin es algo aún peor y contribuye a la falta de perspectiva histórica que nuestra cultura sigue ejercitando cada vez con más intensidad.

No cabe duda de que la calle de Cunqueiro es defendida por gallegos de izquierdas que tratan de aferrar algo que va más allá de la propia figura del mindoniense. Una representación cultural de Galicia en la capital de España, un reconocimiento de nuestra cultura olvidada por el centralismo. O la magia y la gastronomía como cenit identitario gallego, algo de lo que también habría mucho que hablar y que, no por acaso, moviliza también al gobierno de derechas que hoy ocupa la Xunta de Galicia. El desencuentro es evidente y no deja de ser, de nuevo, una tensión territorial. Cunqueiro en Madrid es un escritor franquista de provincias que ganó un premio Nadal. Cunqueiro en Galicia es el regenerador de toda una literatura ahogada por un levantamiento militar en el que, irónicamente, colaboró con un idealismo reaccionario que lo sobrepasaba. Por desgracia, sólo en el segundo caso cabe preguntarse si la obra del mindoniense redime parte de sus errores persistentes. Y muchas personas ni siquiera estaríamos seguras de la respuesta a esa pregunta.

#Activismo e resistencia#Álvaro Cunqueiro#Literatura galega#memoria histórica

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